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Las crónicas de
Abel Amaya

A fines de 2025 me imaginé una entrevista imposible: lo vi a Cristo, sentado a la mesa de Mirtha Legrand, mientras ella le preguntaba; la gente dice que usted es comunista. Ay, ¿es verdad eso?

Lo vi al pobre hombre, recibiendo los comentarios y preguntas de nuestra amada señora de los almuerzos. Lo imaginaba añorando la cruz.

Pensé en ese momento, que me gustaría escribir una serie de entrevistas imposibles.

Además de Jesús, pensé en Leonardo, Maria Curie, Gardel, etc.

Después de pensarlo un poco (un mes o poco más) me di cuenta de que no sería interesante como conversaciones, sino como muestrario de lo grotesco. Esos nombres eran demasiado grandes. Se comerían el libro.

Bajé entonces el calibre de los entrevistados, con la idea de subir las conversaciones. Ya no estaría Jesús, sino un estudioso de él, ahí apareció Albert Schweitzer, un estudioso alemán, de principios del siglo XX, que no solamente estudió y pensó a Cristo. También fue un erudito de Bach, pianista y experto en órganos de iglesia. Un hombre que pensaba que había que actuar de acuerdo a lo creemos, así que se fue a estudiar medicina, se recibió y abrió un hospital en el corazón de África.

A medida que pensaba en los entrevistados, en los temas y lugares, me di cuenta que necesitaba a alguien que viajara para hablar con ellos.

Me pareció que la señora Legrand no estaría de acuerdo en subirse a aviones, trenes y camellos por medio mundo.

Necesitaba a alguien que tuviera el camino y la palabra como meta.

Tomé una decisión en ese momento: solo hablaría de los temas y personas que realmente me interesan. No buscaría lo "importante" del mundo, sino lo significativo para mí. Creí, y creo, que es la única forma de escribir algo real. Algo verdadero que no suene a literatura, que suene a algo que pasó.

Entonces comencé a buscar nombres en terrenos cercanos, y ahí lo vi. Me encontré con un nombre que me era familiar desde que era niño: Abel Amaya.

Amaya, el verdadero, fue un abogado, periodista y político de Dolavon, en Chubut, que preguntó demasiado, que no tuvo miedo de hacer lo correcto y por eso pagó con su vida el precio.

Dudé (y dudo) si es ético ponerlo como héroe medio real, medio ficticio. Pero no puedo evitarlo. Para mí, el periodista que viaja, camina y escucha, solo puede ser nuestro Abel Amaya.

El proceso de escribir, al menos el mío, consta de un 70% lectura y el resto de escritura y corrección.

En estos últimos meses he estado conociendo la vida de este gran hombre de mi provincia. He revisitado sus últimos momentos y visto la cara de sus amigos.

Lo único que me hizo repensarlo fue el cómo sería tomado esto por sus familiares o amigos; ¿habrá alguna lágrima? sí, pero también una sonrisa. Entenderá que esto es fruto del respeto profundo a una causa que muchos compartimos.

Y sé muy bien que, si algún día llueve alguna piedra, no vendrá de nuestra orilla.

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