
“Bajo Cracovia existen historias que nunca fueron enterradas.”
En 1962, Jorge Luis Borges llega a Cracovia invitado a una boda aristocrática y a una serie de conferencias.
Acompañado por un joven argentino-polaco, descubrirá historias ocultas bajo las calles de la ciudad: espías, poemas, guerras olvidadas y un hombre que parece haber vivido durante miles de años.
Entre bibliotecas, túneles y memorias imposibles, la novela explora la historia europea, el lenguaje y la fragilidad del tiempo.

El mundo va, a veces, en extrañas direcciones.
Algunos hombres creen encontrar la felicidad, otros, la locura.
Cuando la vida de Jorges Luis Borges parecía encaminarse al universo de los libros y de las ideas, algo se le cruzó por el camino.
Tenían sus ojos menos de hombre que de animal. Y mucho menos de animal que de monstruo.

Invitación al casamiento del señor Turbanski, allí por el año 1962.
De las muchas aventuras que Borges y su alumno vivieron en Cracovia quedó poca evidencia. La mejor de ellas, la menos refutable es una foto en donde apenas se ve su cara.
Allí está sonriente, rodeado de sus lectores más jóvenes, acorralado por preguntas y abrazos.
Quizás fue ese su día más feliz en las tierras de Mickiewicz.

Durante su charla en el Collegium Maius de Cracovia.
Una estudiante, de cabello oscuro recogido en un pañuelo, levantó la mano. Su voz, apenas audible, se filtró entre las columnas del patio:
—Profesor… usted ha hablado de las ciudades que renacen y de los pueblos que no pueden olvidar. En un país donde todo está vigilado, donde cada palabra es pesada, ¿cree que la literatura puede seguir siendo libre? ¿O también la vigilan los guardianes?
Borges inclinó la cabeza, como si la escuchara no con los oídos sino con la memoria.
Sonrió apenas, con un gesto que no se sabía si era de tristeza o complicidad.
—Señorita —dijo—, los guardianes pueden vigilar los papeles, pueden vigilar a los autores, pueden vigilar las bibliotecas. Pero no pueden vigilar las metáforas. Una metáfora siempre es inocente para el censor y culpable para quien la necesita.
En otras épocas, en otros países, también hubo inquisidores. Quemaron libros, encarcelaron poetas. Sin embargo, esos poetas siguen hablándonos, incluso a nosotros, ahora, aquí.
Yo sospecho que la libertad verdadera no es la de publicar sin trabas, sino la de escribir sabiendo que alguien, en algún rincón del tiempo, leerá y entenderá. En ese sentido, toda literatura es clandestina y eterna a la vez.

El manuscrito de Carrodunum, libro hallado por Borges en la biblioteca Cané durante los años cuarenta. Poco sabía entonces sobre el autor de aquellas páginas.
Menos aún sobre el encuentro singular que acaecería con él en la fecha terrible.
En la hoja izquierda se aprecia la ciudad de Carrodunum, nombre dado por los romanos a Cracovia. También puede verse un túnel. Lo curioso de ese dibujo es el uso de perspectiva focal, técnica inexistente en la Europa medieval temprana, lo que sugiere una intervención posterior.
A la derecha se distingue un cuerpo principal de texto, acaso una confesión. El crimen nunca es explicitado. Más extraña resulta la frase escrita en vertical:
a femina potest facere quod homo somniat.
Borges volvería sobre esas palabras más de una vez, tanto en conferencias como en ensayos.
Durante una charla en Ginebra declaró:
“…el hombre ha soñado con la inmortalidad desde que descubrió la noche. Sin embargo, caminando junto a él siempre estuvo el único ser capaz de semejante proeza: la mujer.”
El tratado de los inmortales
Durante años Borges habló del llamado Tratado de los inmortales, obra atribuida al persa Mardi Kehdid. Diversos fragmentos de aquellas conversaciones fueron conservados por un joven alumno argentino que acompañó al escritor en algunos viajes por Europa.
Borges aseguró en más de una ocasión que algún día editaría el tratado y escribiría un prólogo. Nunca lo hizo.
El alumno afirmaría después que, tras cierto encuentro ocurrido en Polonia durante 1962, Borges evitó volver sobre algunos pasajes del libro. A veces incluso parecía temerlos.
“Hay cosas —le habría dicho una noche en Palermo— que los hombres no deberían mirar durante demasiado tiempo.”
Sabemos que para la época en que Borges conoció y trabajó junto a Maria Kodama, el asunto ya pertenecía al pasado. No está del todo clara la razón.
Algunos profesores sostuvieron que el maestro simplemente había orientado su atención hacia otros temas, y que aquellas investigaciones habían concluido de manera satisfactoria.
Otros —entre los que me incluyo— sospechamos algo distinto.
Quizá, a la manera de Ícaro, Borges se acercó demasiado al sol del conocimiento y regresó herido de aquella cercanía.
No poseo pruebas de esto último. Sin embargo, hay algo en ciertos silencios del maestro que me obliga a creerlo.
Mardi Kehdid sostenía que algunos inmortales acaso no fueran hombres únicos, sino largas continuidades. Según el persa, ciertas figuras atravesaron los siglos no gracias a una maldición o milagro, sino mediante una sucesión rigurosa de hombres que heredaban un nombre, una apariencia y una memoria parcial.
El ejemplo más célebre sería el del Conde de Saint Germain. Kehdid afirmaba que bajo aquel nombre existieron numerosos hombres. Cada uno vestía de forma semejante a su predecesor, conservaba el mismo anillo de oro y cuarzo, imitaba su caligrafía y aprendía minuciosamente sus recuerdos. Así, generación tras generación, Europa creyó contemplar al mismo individuo.
La idea puede parecer absurda al lector moderno, aunque quizá no lo sea tanto. Los antiguos reyes hawaianos, por ejemplo, eran descritos casi siempre de la misma manera: hombres morenos, robustos y solemnes. No eran el mismo hombre, naturalmente, y sin embargo la continuidad del símbolo parecía importar más que la carne.
Kehdid insinuaba que muchos inmortales nacieron de ese modo: no como hombres eternos, sino como tradiciones perfectamente obedecidas.
Borges se mostró particularmente interesado en esta hipótesis. Durante una conversación en Ginebra llegó a decir que quizá la humanidad jamás había deseado realmente la inmortalidad del cuerpo, sino algo mucho más simple y menos terrible: la ilusión de continuidad.
Sin embargo —dijo Borges que escribió el persa— hay algo en ellos que incomoda profundamente a los hombres.
No creo que se trate de envidia. Tampoco del antiguo deseo de prolongar la vida. Es algo más difícil de nombrar.
El hombre que ordenó la moral de Occidente entregó voluntariamente su vida para salvarnos a todos. El sacrificio final —el inevitable— parece haber sido eludido por estas criaturas.
Rara vez aparecen en las grandes gestas humanas. No conducen pueblos ni mueren en batallas. No levantan imperios ni ofrecen su sangre por nadie.
Se parecen más —y perdón por estas palabras— a ratas escondiéndose en la oscuridad del tiempo.
Quizá por eso sabemos tan poco sobre ellos. Apenas un nombre, una sombra, una descripción incierta.
Nadie erige estatuas de bronce para el hombre que no muere por otros. Nadie recuerda demasiado al que se oculta para continuar respirando mientras el mundo sigue girando.
También cabe otra posibilidad, una que preferiría ignorar, aunque la educación recibida de mis mayores no me permite hacerlo del todo: que esas criaturas jamás hayan existido.
Si aceptáramos semejante idea, quedaría entonces una pregunta todavía más difícil: ¿por qué los hombres inventarían tales historias?
¿Qué obtiene un campesino al repetir relatos de inmortales mientras cosecha el trigo? ¿Qué necesidad tendría una anciana de hablarle a su nieto sobre el hombre que despertó en una cueva para volver junto a su padre?
Las respuestas más evidentes suelen parecerme las menos convincentes.
Creo —o acaso necesito creer— dos cosas.
La primera: que sospechamos la existencia de esos seres y por ello los imaginamos.
La segunda: que, al comprender nuestra finitud, al saber que los granos de arena terminarán por caer, encontramos cierto alivio en la idea de que alguien, en algún rincón del mundo, haya logrado eludir esa hora terrible.
Que algunos hombres puedan continuar caminando, seguir viendo amaneceres y, quizá con algo de fortuna, seguir amando.
Amén.
He leído con una mezcla de inquietud y gratitud el tratado que Tadeo Lipsky atribuye —acaso con excesiva generosidad— al persa Mardi Kehdid. Ignoro si tal hombre existió realmente. Sospecho que sí, aunque no necesariamente bajo ese nombre. Después de todo, los persas comprendieron hace siglos algo que nosotros apenas intuimos: que los nombres son máscaras transitorias y que toda biografía es, en última instancia, una forma del sueño.
El libro enumera hombres longevos, inmortales posibles y criaturas cuya única hazaña parece consistir en sobrevivir. Confieso que algunas páginas me produjeron una impresión desagradable. No por la superstición —la superstición suele ser inocente— sino por cierta sospecha moral que subyace en el texto.
La tradición de Occidente ha exaltado, con razón, al héroe, al mártir y al hombre capaz de ofrecer su vida por otros. Los inmortales de Kehdid, en cambio, parecen inclinados al silencio y a la duración. Persisten; no se sacrifican. Tal vez por eso las naciones no les erigen monumentos.
Lipsky observa en algún pasaje que muchos de ellos podrían no ser hombres eternos, sino una sucesión cuidadosamente ordenada de individuos idénticos. La idea merece atención. Al cabo de los siglos, quizá la continuidad del símbolo importe más que la continuidad de la carne. Roma sobrevivió a los romanos; el judaísmo, a innumerables judíos; acaso un inmortal no sea otra cosa que una obediencia prolongada.
He conocido hombres cuya memoria parecía más antigua que ellos mismos. También he conocido otros que, habiendo vivido apenas unos años, dejaron tras de sí una impresión de eternidad. Tal vez ambas cosas sean equivalentes.
No me atrevo, sin embargo, a negar por completo la existencia de los inmortales. Sería un acto de soberbia intelectual. Los hombres inventan aquello que necesitan, pero también aquello que sospechan.
Pienso ahora que el verdadero problema de la inmortalidad no es el tiempo. Es la repetición. Un hombre eterno terminaría por convertirse en espectador de sí mismo. Quizá por ello los inmortales de Kehdid se ocultan en los márgenes de la Historia, evitando las grandes gestas y las grandes pasiones. Sospechan que todo acto memorable termina por exigir la muerte.
Hay otra posibilidad, más triste. Que esos seres continúen viviendo simplemente porque temen concluir. En tal caso, no serían dioses ni monstruos, sino apenas hombres aterrados.
Eso también los vuelve dignos de compasión.
J. L. B.
Ginebra, 1978.